Pablito clavó un clavito

Había una vez un niño, muy muy enfadado. Podría decirse que vivía enfadado con la vida, con el mundo, con la gente, con la sociedad.

Nada le parecía bien, siempre decía que el mundo estaba en contra de él, todo le parecía mal y claro, todo ello le suponía terribles consecuencias de molestarse y enfadarse con cada cual que se cruzaba por su camino.

Cada vez que alguien le decía o hacía algo que él no esperaba, se enfadaba. Eso sí, luego pedía perdón pero ya la gente no le podía perdonar ni podía confiar en que no se volvería a enfadar porque siempre estaba igual. Un día le dijo a su padre:

– Papá, no entiendo por qué la gente se molesta conmigo si yo les pido perdón por mis comportamientos, ¡no es justo! Yo sé que pierdo el control, pero luego les digo que lo siento y ellos no me perdonan. ¿Por qué?

El padre, al escuchar a su hijo, le propuso una interesante actividad, al tiempo que le entregaba una barra de madera de más de dos metros de largo, así como unos clavos.

padre-tablon-madera– ¡Pablito! Vamos a hacer lo siguiente: cada vez que te enfades, no hace falta que pidas perdón, pero eso sí, quiero que cada vez que te enfades, claves inmediatamente un clavo en esta madera. Cuando hayas clavado unos cuantos, vienes y volvemos a hablar.

Haciendo caso a su padre, que para él era un referente en la vida, sí lo hizo: Pablo clavó un clavito detrás de otro. Cuando llevaba la increible cifra de 15 enfados, es decir, 15 clavos clavados en la tabla de madera, se la llevó a su padre y le dijo:

– Papá, aquí están los clavos, ¿qué debo hacer ahora?

Su padre lo miró fijamente, se puso a observar la tabla y empezó a contar susurrando:

– Uno, dos, tres, cuatro, cinco… trece, catorce, y 15 clavos. ¡Hijo mío, te has enfadado quince veces en tan pocos días! ¡Eso no puede ser! Esto hay que cambiarlo de alguna manera, pero quiero, que ahora antes de nada hagas lo siguiente. Cada vez que tengas ganas de enfadarte, empieza por ser consciente de ello y a ver si eres capaz de controlarte, calmarte antes y cuando se te haya pasado, hablas con la persona que tienes a tu lado. Y por supuesto, cada vez que te controles, sacarás uno de los clavos que ya has hincado.

Y así lo hizo el hijo. Unos días después, Pablito había logrado controlarse y había conseguido sacar los quince clavos que había dentro. Le llevó de nuevo la tabla de madera a su padre y le dijo orgulloso:

tablon-madera-clavos

– Papá, ya están fuera los clavos, ¿ahora qué?’

El padre, primeramente le dio la enhorabuena por haberse podido controlar, pero después le hizo la siguiente pregunta:

– Pablito, hijo mío. ¿Qué hay ahora en la madera?

Pablito miró fijamente la madera y contestó:

– Yo sólo veo los agujeros que han quedado marcados por los clavos.

El padre lo miró fijamente y le dijo:

– Pues eso es lo que queda después de un disgusto con alguien: una marca en su corazón, que por mucho perdón que le pidas, cuesta volver a reparar. Pablito, la idea no es autocontrolarse, que algunas veces tendrás que hacerlo, la idea es no tener que pedir perdón y enfadarse lo menos posible porque al final lo único que queda es dolor, como los agujeros de la madera.


 

Muy interesante la moraleja que nos deja el cuento de ‘Pablito clavó un clavito’. Si eres de las personas que se enfadan a menuda, que pierden los nervios, y hablan o tratan mal a los demás en esos momento, ¿entiendes ahora mejor por qué la gente no te acepta tu perdón? ¿O que lo acepten pero acaben por tratarte ellos de otra manera?

Como bien dice el padre de Pablito, la mejor opción es tratar de enfadarse lo menos posible, respetar a los demás en todo momento y tratar de no perder los nervios, pues aunque después lo intentemos arreglar siempre quedarán marcas en la madera, o en el corazón.

 

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